VIDAS SINGULARES: Juan Tocón, superviviente en Cucarrete

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· VIDAS SINGULARES: Juan Manga, un cabrero en la ciudad

Nos acercamos a Cucarrete en un vehículo conducido por Eduardo Briones, la persona que me ha facilitado llegar a un encuentro complicado de gestionar y del que todavía no tengo certeza que vaya a ocurrir. Mientras recorremos los montes municipales de Los Barrios, mecidos por el traqueteo del 4×4, espero como la que espera a la suerte. 

La fama de Juan Tocón Calvente, el último superviviente de Cucarrete, no aporta mucho optimismo a la ecuación. Esquivo y atento a extraños, pese a sus más de 90 años, su actitud es propia de la de cualquier persona que vive en el campo, completamente solo, que se acuesta y se levanta siguiendo la luz del día. “Si ve a alguien que no conoce, se esconde y no sale”, me cuentan algunas de las personas con las que he contactado para llegar hasta Juan.

Manolo Correro, guarda forestal del Ayuntamiento de Los Barrios que nos acompaña en el vehículo, ha servido de intermediario a través de un familiar, tratante de ganado, que suele ver a Juan Tocón deambulando por los montes cercanos a su vivienda. “Mi tío le ha dicho que vendríamos a verlo a las once de la mañana. A ver si lo encontramos”, explica.

Después de unos minutos en el coche, por fin contemplamos la casa donde este anciano vive desde hace más de 50 años. Una vivienda que sobrevive en pie en unas condiciones poco seguras y con carencias que recuerdan a otra época, a otro lugar. “Juan se quedó ahí, en ese mismo tiempo y lugar”, explica el trabajador municipal.

Al bajarnos del vehículo, Manolo Correro llama por teléfono a su tío para comprobar que el día anterior había avisado a Juan de que vendríamos a verlo. “¿Está en la casa? Voy a ver”, añade a este lado del teléfono. Nos asomamos hasta allí pero no encontramos a nadie. Enseguida el guarda toma la iniciativa y decide ir a buscarlo. “No debe andar muy lejos”. A los pocos minutos, mientras los demás curioseamos por los alrededores de la vivienda, a la que ni siquiera nos atrevemos a entrar, aparece Juan, acompañado de cerca por Manolo.

Llega hasta nuestro encuentro apoyado en un bastón, con sombrero, pantalón, camisa, jersey y pañuelo al cuello. Su aspecto es de cierta dejadez, y enseguida pregunta por otro guarda, algo confuso por nuestra presencia. “Vienen a entrevistarte, Juan”, le dice nuestro guía, señalándonos. “¡¡Pero tú nunca has venido por aquí!!”, dice de repente, dirigiéndose a mí y dando pie a la tan ansiada y esperada conversación. 

“Cuando vivíamos aquí, no venía nadie, porque no había carril, solo una verea. Ahora solo veo a los conocidos, a los que tienen algo”, en alusión a varias familias que aún conservan en Cucarrete una vivienda. Son ellos quienes les traen alimentos a Juan Tocón. 

Estoy jugando a las cartas con dos o tres barajas…Estoy con Benito, con Angelita, Guillermo, todos los que vienen por aquí”, nos cuenta. Le preguntamos si vive con dinero o alguna pensión y nos contesta que no, pero el guarda nos hace alguna señal para advertirnos de que no es así. 

Su vida en Cucarrete transcurre con sencillez: caminar y ayudar en el cuidado del ganado de los vecinos. “Yo no me he criado aquí, nací en Las Lagunillas, en la casa de los forestales. Vine y me quedé en el campo y a eso es a lo que estoy acostumbrado”, explica. “Él no echa de menos nada, porque nunca ha tenido nada“, interviene Manolo.

Le preguntamos si visita Los Barrios y nos cuenta que sí, que baja de vez en cuando. “¿Pero qué hace uno en el pueblo?, ná”, añade. 

Juan no lleva mascarillas, intentamos preguntarle si sabe por qué las llevamos nosotros mientras subimos cerca de la casa, para hacerle algunas fotos. “Yo tengo una ahí, para cuando voy abajo. Cuando me meto en el coche, me la pongo. Por lo visto hay algo que está corriendo…”, explica sin más con una simpleza que asusta. “Eso es bueno pa ti, pa mí y para todo el mundo, pero cada uno camina de una manera… y las multas, a punta pala”, nos dice.

Entre pregunta y pregunta, se le oye contar historias, de su juventud, de su infancia, pero no logramos entender qué quiere decirnos porque parece como si todos sus pensamientos brotasen solos. Y en ese brotar de palabras nos enteramos que en una ocasión tuvo problemas con unas pastillas que usaba para hacer fuego. “La leña es una trabajera muy mala. Antes sí, porque se gastaba mucha leña pero hoy no merece la pena”, añade. El médico le dijo entonces que las pastillas para hacer fuego podían usarse fuera, pero no dentro de la vivienda. “Me entró una cosa mala”, aclara Juan. 

Durante toda la conversación no hemos logrado saber la edad qué tiene, quizás entre 90 y 93 años, afirma el guarda. “Noventa largos, por ahí van los tiros”, añade Tocón. 

Me despido de este hombre, afable y esquivo, preguntándole si está bien, si su vida en el campo es buena, y si se plantea volver al pueblo. Preguntas típicas de quien infravalora la vida en el campo. “Yo vivo con esta familia, que es muy buena gente”, añade, en referencia a los vecinos que pasan por allí. Y eso es lo único verdaderamente importante para él. 

Como buen anfitrión, Juan Tocón me dice adiós invitándome a que acuda a la romería de Cucarrete, esa que celebran quienes dejaron aquí parte de su historia, de su legado familiar. “Vendré a verte, claro que sí”, le digo antes de volver al vehículo. 

Los apellidos que salieron del poblado fundado en el siglo XVIII

La aldea de Cucarrete fue fundada a principios del siglo XVIII por familias procedentes de San Roque, Gibraltar y la serranía de Ronda. Unas cincuenta viviendas rurales conformaron el poblado, y hoy solo una de ellas queda en pie. El resto fueron demolidas a principios de los años 70 del siglo XX.

El gentilicio era cucarreteño, y los apellidos más comunes que dieron origen a la aldea son Márquez, Correro, Rojas, Calvente y Mariscal. Una curiosidad, su vida era tan sana que disfrutaban de un promedio de longevidad de entre 85 y 95 años.

Este artículo fue publicado en el número 2 de Siroco Magazine en noviembre de 2020.