“Volvía de trabajar del hospital llorando porque sabía que me iba a contagiar”

María Ángeles Sánchez, vecina de San Pablo de Buceite y técnica de laboratorio en el hospital de Marbella, relata su experiencia tras superar el COVID-19

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Mari Ángeles, junto a sus hijos, todos con mascarillas.

Es fácil acabar con heridas de guerra si estás en primera línea de una batalla. “En una de estas me lo traigo”, pensaba María de los Ángeles Sánchez Díaz cada día mientras regresaba en coche, a veces entre lágrimas, de su trabajo en la unidad de Microbiología del Hospital Costa del Sol de Marbella a su casa en San Pablo de Buceite. El COVID-19 le alcanzó pocas semanas después de las primeras oleadas de pruebas que tenía que analizar cada día, y cada día más que el anterior. Esta jimenata técnico especial de laboratorio ha sufrido, y mucho, la enfermedad, pero también la ha superado junto a momentos “muy difíciles”, y otra vez ha vuelto a su particular trinchera del laboratorio.

Recuerda que a mediados de febrero comenzaron a llegar las primeras muestras de COVID-19, muchas de ellas negativas y algunas positivas. Entonces, nadie pensaba hasta dónde podría llegar aquel virus que se miraba todavía desde la distancia. Después, relata, “empezó a llegar ambulancias con treinta muestras, luego otra, y otra”. “Ves que cortan consultas externas, que cierran quirófanos, alas enteras del hospital se cambian, se refuerzan los turnos… ahí te das cuenta de que se va a liar gorda”, cuenta Mari Ángeles cómo fueron aquellas las primeras jornadas críticas de un hospital referencia en el tema del coronavirus en la provincia de Málaga. Eso fue antes de declararse el estado de alarma.   

“Los EPI son escasos, las mascarillas son escasas y estamos en contacto directo con el virus; existe una falta seguridad”

Entonces comenzó a verle las orejas al virus, sobre todo, porque entiende que las medidas de seguridad no eran las adecuadas. “Y seguimos teniendo carencias”, apunta. “Los EPI son escasos, las mascarillas son escasas, tenemos una misma para varios turnos seguidos; estamos en contacto directo con el virus y deberíamos estar más protegidos. Existe una falsa seguridad”, explica la técnico de laboratorio.

Empezaron a caer compañeros de laboratorio (hasta 12 técnicos han enfermado) y el 18 de marzo le llegaron los primeros síntomas a esta vecina de San Pablo de Buceite. “Sé perfectamente cuándo me contagié”, sentencia. Lo explica: “Eran muchos test diarios, la mayoría ya positivos. Sacas las muestras de la bolsa, confirmas, coges el volante, metes los resultados… Muchos días trabajamos con mucha presión, con muchas prisas, y hay un momento en el que pierdes el control y no sabes lo que has tocado antes”.

Junto a su compañero Diego Vega, también de San Pablo y también contagiado de COVID-19.

Entonces, “una semana antes de cortar las clases”, fue cuando decidió aislarse y trasladar a sus dos niños pequeños a la cercana casa de sus padres. “Me preocupaban ellos, pero también mis padres, con los que solía tener contacto”, comenta. Luego, se confirmó el temido y asumido positivo.

“El coronavirus no es como una gripe”. Mari Ángeles lo tiene claro. Los primeros días tuve fiebre, al otro día tos, llegan los vómitos y una presión en el pecho, que dudaba si era ansiedad”, enumera. “Las noches eran lo peor, una de ellas lo pasé muy mal; David [su marido] tuvo que ayudarme sin mascarillas y sin guantes porque no podía más; esto te deja como una piltrafa humana”, relata. Reconoce que sintió miedo. “Pones la tele y te alarmas tanto… Dices para ti que no tienes patologías, que eres joven, que estás sanas pero ves en las noticias tantos muertos, algunos sin enfermedades previas, y te llega el miedo”, se sincera. Frente a todo eso, el único medicamento que tomaba era paracetamol.

“Esto no es un como una gripe, hay momentos en el que sientes mucho miedo y te deja hecho una piltrafa humana y psicológicamente tocada”

Así pasó varias semanas, conviviendo con su marido en 66 metros cuadrados de un piso de San Pablo de Buceite. “Mi marido quiso quedarse pasara lo que pasara, en la salud y en la enfermedad, decía; se ha portado fenomenal, y yo no me movía de un rincón del salón y del dormitorio y compartiendo el único baño que tenía”, relata una experiencia “muy dura”. “Esto te machaca, te deja muy cansada y psicológicamente tocada”, abunda.

Mari Ángeles lo cuenta todo con entereza, pero acaba por emocionarse y se le rompe cuando habla de sus hijos, de 7 y 10 años, a los que ha estado un mes y medio sin abrazar y apenas viéndolo por una pantalla de móvil por videollamada cuando pensaba que su aspecto era el adecuado para no asustarlos.

Lo peor ya ha pasado y también lo que asegura ha sido lo más difícil: no estar con sus hijos. “Tengo que agradecer a mis padres lo que han hecho, porque se han arriesgado, también a cada familiar y vecino que me han ayudado llevándole comida y tocando a su puerta para tirar la basura y tantos mensajes de fuerza y apoyo”; relata la técnico en laboratorio unas circunstancias muy diferentes a otras lamentables en la que los buenos gestos con los sanitarios se quedan en aplausos de ocho de la tarde.

Esta vecina de Jimena de la Frontera ha regresado al trabajo, a las labores de coordinación en el laboratorio. Ahora, afirma, empieza a estar más tranquilo y “hay menos casos”. Sin embargo, considera que la falta de conocimiento sobre el virus “es brutal”, que hay muchas cosas que todavía no están claras”. Aún así, se muestra optimista: “No miremos solo la cifra de muertos, que es una gran pena, no debería haber ninguno, pero hay mucha gente que sale; hay que ganarle la batalla al miedo y luego al coronavirus”.

“Primero hay que ganarle la batalla al miedo y luego, al coronavirus”