“Cuando me fui de Jimena ya sabía que me iba para bailar, pero nunca me pregunté por qué”

Nos encontramos con Lucía Álvarez La Piñona, jimenata de 33 años, en el hotel Casa Henrietta. Allí saluda a su propietaria, una amiga a la que hace tiempo que no ve. Esta bailaora pasa la mayor parte de su tiempo fuera de España pero a Jimena aún le une la presencia de una de sus hermanas que, según nos cuenta, es la que mantiene unida a toda la familia. 

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Lucía Álvarez 'La Piñona'. Foto: Luis Castilla

Esta joven, de madre inglesa y de apellido Howard, se presenta con un aire desenfadado, un tatuaje en su brazo que nos dice “No fui construida para romperme” y con una camiseta en la que podemos leer el lema “Fatigas Dobles”. “Es una frase muy andaluza y muy del flamenco. Estamos pasando fatigas dobles lo decimos cuando no has comido o estás muy cansada”, nos cuenta mientras pide un café.

A Lucía Álvarez se la ve feliz, afirma estar viviendo un buen año, de esos en los que haces más cosas que te gustan que las que no. Ha conseguido sacar un espectáculo con el dinero ahorrado en los bolos y ahora quiere meterse en el estudio a crear otro. Como la mayoría de bailaoras, vive gracias a que trabaja fuera de España, de las actuaciones, pero también de los cursos. Viaja mucho, aunque a menudo solo ve aeropuertos y teatros y, de vez en cuando, le gusta encontrar la soledad. “En esta profesión nunca estás sola, siempre hay gente acompañándote…”, añade antes de responder a nuestras preguntas. 

Empecemos por el principio, por tu infancia en Jimena.

Lo que hacíamos los niños de esa época era jugar, jugar en la calle. Estoy contenta de haber pillado esa etapa que parece que fue la última de juego en la calle. No había teléfono ni videojuegos ni ordenador. Solo la Encarta, que empezaba y era una novedad. Pero recuerdo que todavía iba a la biblioteca para hacer los trabajos, jugaba con los niños de mi calle y en verano inventábamos juegos de detectives que podían durar todas las vacaciones. Ahora que veo lo que hay, estoy contenta de haber vivido esa infancia. 

¿Cómo nace tu afición por el flamenco?

Mi padre y mi madre fueron muy aficionados, aunque se separaron pronto, el tiempo que estuvieron juntos mi casa era una fiesta. Todo el mundo iba a lo de Catalina (como llamaban en el pueblo a Catherine). Mi madre era muy fiestera y mi casa estaba abierta al pueblo y a los vecinos. Así me metí yo en el flamenco, aunque por aquel entonces solo escuchaba a Lole y Manuel, Camarón, Chocolate y Juan Villar. Son la gente que recuerdo de pequeña. El flamenco de la Niña de los Peines o de Juan Vallejo, por ejemplo, ya lo conocí cuando me fui a Sevilla. 

Es allí donde comienza tu verdadera formación.

Primero me fui a Granada. Tenía 17 años, por las noches estudiaba Bachillerato y por la mañana iba a un academia de baile. Dejé el Bachillerato muy pronto y seguí bailando algo más de tiempo hasta que me di cuenta de que el sitio al que debía ir era Sevilla. Entonces inicié mi formación en la Escuela de Flamenco de la Fundación Cristina Heeren. Me convertí en bailaora de manera natural, como si siempre hubiera estado ahí. Nunca me planteé si quería estar o no, si quería seguir en la universidad o no. No tenía que elegir nada. Yo ya estaba ahí. Fue algo muy raro. Sin embargo, puedo decirte que cuando me fui de Jimena ya sabía que me iba para bailar. Eso sí, nunca me pregunté por qué. 

Tu etapa profesional se consolida más tarde. 

Sí, cuando empiezo a trabajar en los tablaos de Sevilla. Ahí se inicia todo. A situarme en el mercado, a conocer compañeros, gente que te va viendo, te llaman para otros tablaos, ferias, festivales, vas a concursos de peñas flamencas. En esa etapa es bastante importante acudir a estos sitios porque entras en el mercado. Y cuando ya te reclaman es cuando abres una etapa más profesional.

¿Cómo es el baile de Lucía Álvarez?

Difícil de definir. Yo no defiendo ninguna pureza, pero sí me gusta el baile tradicional, clásico, y lo utilizo. Para muchos momentos y muchas cosas me considero una bailaora clásica, pero me gusta todo lo nuevo, me intereso, estudio… Creo que actualmente hay una generación de bailaoras que tenemos una mezcla entre la tradición y todo lo nuevo que está llegando, sin abandonar ni una cosa ni otra. 

Has hecho ya algunos montajes propios. ¿Es ahí donde te muestras más como la bailaora que quieres ser?

Depende de lo que quiera contar, de si el espectáculo se basa en un autor o compositor, o si solo es baile por baile. A veces nos ponemos muy místicos en las tramas y en ocasiones solo se trata de bailar. Y eso es precisamente en lo que estoy ahora. Aunque vengo de leer la poesía de Juan Manuel Flores, que me parece maravillosa y me gustaría que mi próximo montaje se basara en parte en su obra, también me interesa encerrarme en el estudio, con mis músicos, si cuotas ni limites y dejar salir lo que hay, sin tener que justificarlo todo. No siempre tiene justificación todo lo que ves en el escenario.

Foto: Luis Castilla

La mayor parte de tu trabajo lo haces fuera de España.  

Sí, pero eso es malo. Aquí no hay mucho trabajo para nosotros. Solo puedes hacer el tablao, los festivales de verano, que son muy limitados, un Jerez o una Bienal, pero eso no te da de comer todo el año; y los teatros que programan flamenco, que son solo algunos, tienen una programación muy limitada, dos espectáculos al año. Me encantaría que hubiera más afición, más escuela, más cursos para que pudiéramos ir los profesionales. Pese a todo, el baile lo tiene más fácil, se programa más porque es más ligero de asimilar. Los cantaores que trabajan para el baile tienen más trabajo, porque hay muchos bailaores y no hay tantos cantaores buenos para el baile. A mí, por ejemplo, me gusta trabajar con Moi de Morón, que me acompaña desde hace muchos años, o con Pepe de Pura, que son dos de los que me sostienen mucho. Pero también me gusta probar gente nueva y ya he hecho algunas cosas con Eva Ruiz, que es muy buena cantaora. 

Es decir que vives del flamenco fuera del país que lo vio nacer.

Los artistas flamencos en general, ya sea de cante, baile o guitarra, siempre se han tenido que ir fuera de este país para ganarse la vida y eso seguirá pasando. Ojalá que otros profesionales que ahora se ven obligados a trabajar en el extranjero no tengan que hacerlo en el futuro, pero nosotros los flamencos tendremos que seguir buscándonos la vida fuera. El flamenco no está asentado, no lo veo como algo sólido más allá de modas o algún artista en concreto.

Y en el Campo de Gibraltar, ¿has actuado alguna vez?

No como profesional. Tengo muchas ganas pero creo que al estar desvinculada de esta zona te olvidan, te hacen fuera y no te consideran profesional. Ya han pasado años y he hecho varias cosas y aunque me he puesto en contacto con teatros de aquí no me han echado cuenta. Comprendo que habrá mucha gente y quieren otro tipo de programación, pero me encantaría venir aquí con algo mío. 

Compartirás escenario con muchas bailaoras. ¿Cuáles de ellas admiras?

Me encantan Ana Morales, Olga Pericet, María Moreno, Rosario Toledo o Mercedes de Córdoba. El baile flamenco está en un nivel tan grande y tan bueno… Ana tiene ahora mismo una carrera espectacular, le han dado el Giraldillo y ha entrado como residente en el Teatro de Nimes. Sin embargo, fuera del flamenco o de la cultura en general, nadie la conoce. 

Como artista sigues evolucionado y aprendiendo…

Me gusta estudiar con cualquier compañero y me meto en las clases con ellos, pero también hago cosas totalmente diferentes. Hace poco me inscribí en un curso de danza Butoh, una danza japonesa que tiene un proceso bonito pero físicamente muy duro. Detrás hay toda una preparación psicológica y física muy buena. Trabajan a través del agotamiento y eso me gusta. Por ahí quiero seguir, lo que pasa es que no se encuentra fácilmente.

¿Quién acompaña a la artista en sus viajes por el mundo?

Vestuario y maquillaje me lo hago yo, también tengo a Marta Tenorio, que ella viene de regidora; y a mi otra hermana, que vive en Málaga, que es muy aficionada al teatro, ha estudiado regiduría, y aunque no se dedica a eso, cada vez que puede viene conmigo.

Y por último, una última pregunta que quizás debió de ser la primera. ¿De dónde viene el mote de La Piñona?

Piñona por el piñonate (ríe). Me lo puso una cantaora de Málaga, yo no tenía mote, pero ella venía aquí y empezó a decirme La Piñona. No me identificaba con él, me gusta, pero hay veces que me pregunto si soy La Piñona o no, me identifico pero… no sé, como que ha pasado el tiempo y a veces lo veo raro.